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Migraciones de ballenas

Por Liliana D. de San Gil

 Dónde comen las ballenas, dónde nacen sus crías y hacia dónde viajan son algunas de las preguntas que surgen a menudo cuando nos interesamos por la vida de estos gigantes marinos. La respuesta a muchas de ellas está en las migraciones, fenómeno ya observado en el siglo I antes de Cristo por el historiador y filósofo romano Plinio el viejo, quien había descubierto que algunas ballenas se trasladaban de ciertos lugares a otros en determinados momentos del año.

Si bien el fenómeno de las migraciones se observó en distintos grupos animales, en los cetáceos se da específicamente entre los misticetos o ballenas barbadas. Se trata de viajes de miles de kilómetros, en forma estacional, con orientación norte-sur y viceversa, entre las zonas tropicales y las polares, sin atravesar el ecuador. Por encontrarse ambos hemisferios en diferentes estaciones en el mismo momento del año, es difícil que los ejemplares del norte se crucen con los del sur.

El motivo de las migraciones sería hallar territorios aptos para la reproducción y otros aptos para la alimentación. Esta última se realiza en zonas de abundancia de alimento -las polares- mientras que el apareamiento y el nacimiento de la cría ocurren en aguas menos frías y más resguardadas.

Las ballenas van a las altas latitudes del Ártico y del Antártico en el verano. Desde primavera, al aumentar las horas de luz y por lo tanto la temperatura del agua, el hielo comienza a derretirse y a liberar a las concentraciones de plancton que alcanzan su mayor número en el verano polar y servirán de alimento. Con el avance del hielo en el otoño, las ballenas se ven obligadas a dejar el área, y con la menor cantidad de luz del invierno, disminuye también la cantidad de comida disponible, pues se produce menos fotosíntesis -hay menos fitoplancton y por lo tanto también menos zooplancton que se alimenta de él. Este acortamiento de las horas de luz sería uno de los estímulos externos que invitaría a las ballenas a emprender el viaje. Con los estómagos llenos, una gruesa capa de grasa bajo la piel y reservas en sus músculos, huesos y vísceras, los enormes cetáceos inician el largo camino hacia la reproducción. Si bien el viaje significa una considerable pérdida de energía representada en grasa, no es común que se alimenten en la zona de reproducción, y si lo hacen en ella o durante el viaje, ésta sería oportunista y se reduciría al 10% de lo ingerido en las altas latitudes.

Al llegar a las zonas tropicales y subtropicales, respondiendo a estímulos internos como la producción de hormonas sexuales, se produce el apareamiento. La duración de la gestación varía según las especies, pero en general promedia los doce meses, por lo cual también en esas aguas templadas y cálidas nacerán las crías gestadas el año anterior. Eligen esas regiones en busca de un ambiente más apto para la supervivencia del recién nacido -de aguas más tranquilas y/o a salvo de predadores. Por otra parte, la capa de grasa del ballenato -la cría de la ballena- es muy fina al nacer y no le serviría de protección contra el frío si la parición se produjera en otras latitudes. Para los machos, la migración es necesaria para aparearse, ya que el acoplamiento tiene lugar también en las zonas de parición.

La duración del viaje y las distancias recorridas varían según las especies. En la mayoría de los misticetos, las primeras en arribar a las zonas de alimentación son las hembras preñadas, luego los machos adultos, otras hembras y los juveniles. Las que parieron recientemente, junto a sus crías lactantes, llegan en último término. Las hembras preñadas son las que más tiempo permanecen en los territorios de alimentación, pues tienen que almacenar reservas suficientes para enfrentar el resto de la gestación y posterior lactancia de la cría. Ocasionalmente, algunos ejemplares machos o hembras no preñadas permanecen en las zonas frías todo el año, ya que no todos los miembros de una población participan en las migraciones. También se registraron casos en los que las ballenas cambiaron de región de apareamiento, si bien lo normal es que regresen siempre a las mismas áreas.

No todas las especies de misticetos realizan migraciones. La ballena de Bryde permanece todo el año en aguas tropicales y subtropicales o efectúa movimientos cortos. La ballena bowhead o de Groenlandia, por su parte, nunca se aleja de las aguas del Ártico, aunque sí acompaña el avance y retroceso de los hielos. De la franca pigmea sabemos que migra, pero se carece de información abundante. La ballena gris y la ballena jorobada efectúan las migraciones más largas -de más de 20.000 km- y en el caso de la gris, también las más cercanas a la costa. La ballena minke realiza viajes menos extensos que las demás y no todos individuos los hacen, mientras que los de la ballena azul, sei y fin son más variables y lejanos a la costa. En cuanto a la ballena franca, ésta atraviesa aguas costeras en gran parte de su recorrido. 

En la opinión de algunos científicos, las migraciones serían una tradición, ya que en las bajas latitudes habrían estado los antiguos territorios de alimentación de tiempos pasados. Para muchos de nosotros, la oportunidad de acercarnos y poder espiar algunos de los momentos más gratos de sus intrigantes vidas.


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Esta nota fue publicada con la autorización del Instituto de Conservación de Ballenas de la República Argentina.

 

 
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