Aunque
nosotros distinguimos el Océano Pacífico del Atlántico, del Índico,
etc., existe tan sólo un océano.
Es el hogar de todos los peces, cangrejos, algas y ballenas
que existen (exceptuando por supuesto, las especies habitantes de
aguas dulces). No importa en que lugar específico de la costa viva
uno, siempre existe la posibilidad de que una ballena aparezca
en la orilla, o ingrese en algún
puerto o bahía lo suficientemente profunda como para que pueda
flotar. Y a veces lo hacen. Cuando
ocurre, siempre es emocionante.
Parece como si la ballena
enviara un mensaje dirigido directamente a los seres humanos;
un mensaje que levanta olas capaces de romper cualquier tipo
de barrera de desinterés.
Las
consecuencias de no poder entender que cada océano es un solo
océano, y que todo el aire es parte de una sola atmósfera, es no
poder apreciar uno de los aspectos más importantes del mar y del
aire: que son líquidos y gases que se mueven libremente, y cada uno
de ellos es un individuo que a su vez forma parte de un todo (con
ambos medios, agua y aire, conectados íntimamente), juntos actúan
como el sistema de distribución singular más gigantesco de la
tierra, acarreando las sustancias que nosotros derramamos o emanamos
desde cualquier punto en cualquier lugar hasta todos los puntos en
todas partes. No
importa donde vivamos o que costas visitemos, el aire y el océano
transportan todos aquellos problemas que otras personas han creado
en otros lugares del mundo, sin distinción del punto de partida de
dichos daños, hasta nuestro hogar.
No
poder apreciar esto, es pensar que la polución está
limitada a las cercanías de la fábrica que emana los gases tóxicos
o que el efecto de los contaminantes sintéticos está limitada sólo a la boca del desagüe; cuando en
realidad lo que estamos haciendo es asegurarnos que estas sustancias
se esparzan por todas partes.
Cuando
una madre arrebata una botella de algún veneno letal, por ejemplo
un insecticida, de las manos de su hijo de dos años y vierte su
contenido en el lavadero para deshacerse de él (mientras instruye
al niño acerca de lo peligroso que es jugar con una cosa tan
tremenda como un insecticida), lo único que logra es que parte
de ese mismo insecticida, con el correr del tiempo y en otra forma,
igualmente llegue a su hijo.
Todo
aquello que ella desecha y vigorosamente elimina a través de las cañerías,
se sumerge como si fuese una catarata por las tuberías, escabulléndose
en la oscuridad, hasta finalmente llegar a una pileta, donde parecería
que finalmente hallará su lugar de reposo.
Pero no es así: luego de la
pileta se dirige hacia un área donde se filtra el agua,
separando lo líquido de los elementos sólidos, y luego de
atravesar un proceso complejo, finalmente alcanza la tierra.
Seguramente será entonces éste el destino final del veneno;
lamentablemente no.
Dos
años más tarde su hijo estará jugando en el jardín de su casa,
excavando para tratar de encontrar un tesoro.
Su pala es demasiado complicada como para que la pueda
maniobrar, entonces decide seguir excavando con sus manitos, sacando
la tierra suave y húmeda, hasta alcanzar casi un pie de
profundidad. El sistema
del pozo aséptico estuvo bien diseñado como para constatar de que
no exista materia fecal en la tierra, pero fue, como todos los
sistemas de este tipo, completamente incapaz de eliminar las
moléculas inextinguibles tales como las que se encuentran en los
insecticidas, o de eliminar los componentes tóxicos de dichas
moléculas.
Luego, a la hora de almorzar, su hijo entra en la cocina y
por centésima vez en su vida se olvida de lavarse las manos antes
de comer; y termina comiendo parte del insecticida como el
condimento letal dentro de su sándwich.
Pero,
escucho que tú dices que no tienes un sistema de pozo aséptico; tu
agua sucia va directamente a la cloaca de la ciudad.
El cuento es el mismo, sólo que la ruta de acceso es
distinta, y los tiempos de espera son un poco más largos.
Tal como con el sistema del pozo aséptico, cuando el
deshecho es procesado, las moléculas del insecticida permanecen sin
alterarse, porque los sistemas cloacales no tienen manera de tratar
con dichas moléculas. Finalmente
también se derraman en un río, junto con el agua que ha sido
apropiadamente tratada, y son transportadas por el río hacia el
mar. Allí se disuelven hasta lograr concentraciones casi
insignificantes, con lo que se vería resuelto el problema.
Pero
un nuevo proceso comienza. Es,
tal vez, como mirar al aprendiz de un mago, ya que lo que ocurre a
continuación es que las gotitas de aceite dentro de las plantas y
los animales microscópicos lentamente congregan y vuelven a
concentrar las moléculas del insecticida que ya se habían
esparcido significativamente; conservándolas en las grasas y los
aceites de los pescados que luego nosotros comeremos .
Esto sucede ya que cada vez que una molécula del insecticida
disuelta en agua se encuentra con una gota de aceite en alguna
planta planctónica, inmediatamente forma una solución con el
aceite. Este proceso se da ya que estas moléculas venenosas se
disuelven preferentemente en cualquier aceite antes que en el agua,
y dichos aceites se encuentran en todas las plantas.
Cuando
un vegetal planctónico es ingerido por algún animal planctónico,
la molécula del insecticida, siendo ésta inmortal, permanece
intacta, y por lo tanto, cuando el animal planctónico es consumido
a su vez por un pez pequeño, que será luego comido por un pez más
grande, las moléculas venenosas, aún sin alteración, se
concentran en el último predador.
De esta manera viajan a través de las cadenas alimenticias,
aumentando su
concentración aproximadamente diez veces, a medida que avanzamos en
la cadena alimenticia (es decir, en cada predador sucesivo). Llegada
la instancia en la cual las moléculas venenosas han llegado al tipo
de pez que la madre suele servirle a su familia, se podrá haber
alcanzado una concentración lo suficientemente elevada en el
pescado a consumir, como para causarle serios problemas al grupo
familiar.
Únicamente
deshaciéndose adecuadamente del insecticida podrá la madre
prevenir que el veneno ingrese en su hijo.
Esto genera un gran dolor de cabeza; la mayoría de nosotros
no tenemos ningún tipo de idea acerca de cómo deshacernos de los
residuos peligrosos de una manera
adecuada, y si tuviésemos noción de dichos métodos, tendríamos
muy poco tiempo para implementarlos.
¿Qué
es lo que posibilita estas situaciones? El hecho de que el
agua sea el gran transporte / distribuidor de
todos los químicos, sumado al hecho de que ahora fabricamos
sustancias venenosas, que son en su mayoría inextinguibles y luego
las desechamos sin ningún cuidado.
Además del hecho de que ya que
no podemos comprender y asimilar
estos mecanismos, tampoco entendemos lo peligrosos que son.
Si solamente ingerimos un poco de estas sustancias tóxicas a
lo largo de nuestras vidas puede no haber ningún problema, pero
luego de un par de años de ingerirlas en pequeñas cantidades,
inexorablemente se acumulan hasta llegar a niveles que pueden causar
daños severos en nuestras vidas.
El problema es que todos ignoramos lo peligroso que es
descartar estas moléculas tóxicas tanto en el mar como en el aire,
y por lo tanto, sin quererlo, las incorporamos en nuestro organismo
y en el de nuestras familias.
No
importa dónde vivamos o qué costa visitemos, el aire y el
océano transportan todos aquellos problemas que otras personas han
creado en otros lugares del mundo, sin distinción del punto de
partida de dichos daños, hasta nuestro hogar.
Existe
tan sólo un océano....el hogar de las ballenas.
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